Necrología del P. Eraclio Pérez García, C.M.F.
Por Enrique Marroquín, C.M.F.
El P. Eraclio Pérez García -Lako-, como él mismo se escribía y cariñosamente todos lo llamábamos- nació en León, Guanajuato, el 6 de octubre de 1941, hijo de D. José Pérez Hurtado y de Doña María Dolores García Muñoz. Fue el mayor de nueve hermanos -cuatro varones y cinco mujeres-, viviendo, pues, en el seno de una familia grande y bien integrada. Mantuvo siempre una relación muy estrecha con los suyos; los supo siempre incorporar a sus proyectos apostólicos, dejándole esta estructura familiar una huella tal que más tarde le significaría un modelo de comunidad -de hermanos y hermanas con un mismo Padre común- para ser construido dondequiera que iba.
Lako creció en un ambiente muy religioso,
comenzando con una familia de intenso fervor mariano, como lo muestra el haber
entregado al Corazón de María a varios de sus miembros: tres tías, hermanas de
su papá, las madres Teresita, Guadalupe y Antonia, fueron religiosas misioneras
cordimarianas, como también lo fueron su hermana Evangelina -quien llegó a ser
superiora general de aquella Congregación- y su prima hermana Teresita García
Pérez, cuyo hermano, Luis, es actualmente religioso pasionista. Nació en la
calzada de Guadalupe y se crió en la calle Anda, en una casa cobijada por el
templo de la Virgen de Guadalupe, y estudió en el colegio de Lourdes (otra
advocación mariana), del Padre Jesús Lira, un celoso sacerdote diocesano.
Conservó siempre esa religiosidad sencilla y esa fe viva y sin complicaciones de
sus primeros años. De niño, junto con su “primo” Alfredo Lugo, fue acólito en el
templo del Inmaculado, donde descubrió su vocación a nuestro Instituto, ambos
formando parte del coro infantil del templo, vestidos como el Papa Pío XII.
Fungieron como monaguillos durante el cantamisa del P. Arturo Cisneros, quien un
poco después los recibiría en el Seminario.
En efecto, el 2 de enero de 1953, a sus apenas 11 años de edad, Lako llamaba a las puertas del Postulantado de Independencia 66, en la Ciudad de Toluca, teniendo como Prefecto al Padre Pedro Aldana. Los seminaristas que entraban chicos solían resultar muy identificados con la institución, a la que sentían como prolongación de su hogar. Lako era entonces un seminarista modelo: inteligente y estudioso, muy buen deportista, fervoroso y buen compañero, con cierto aire de candidez que no a todos agradaba; pero todos sabíamos que podíamos contar incondicionalmente con él cuando teníamos necesidad de su apoyo. Parecía una esponja dispuesto a absorber las gramáticas latina y griega que en ese tiempo se estudiaba allí, además de los estudios de Primaria y Secundaria, compitiendo con las declinaciones y la sintaxis, disfrutando de los paseos a La Teresona y de los días de “Fiesta Gorda”.
El 7 de septiembre de 1958 inició su noviciado en Celaya, bajo la tutela del Padre Marianito Álvarez, pasando luego al filosofado en Santa Cruz de los Patos, Zinacantepec, con el Padre Manuel Rosas como Prefecto. Lako iba destacando entre un grupo brillante de compañeros. Llamaba la atención su infatigable espíritu deportista en el equipo de fútbol de Zinacantepec, del que llegó a formar parte. Los jardines de Santa Cruz se hicieron famosos en esa época y sobre todo las fiestas de Navidad, para prepararlas las cuales se iba por la noche a cortar árboles a los bosques cercanos al Nevado de Toluca.
En 1962, fecha en que terminó la Filosofía, el gobierno provincial lo mandó un año al Postulantado de Toluca, como auxiliar de Benjamín Hernández, en su periodo de reflexión antes de entrar al Teologado. Para estos estudios se fue a España, para alcanzar a sus compañeros José Luis Contreras y Alfredo Lugo, en aquel gran colegio de la Congregación que fue Salamanca, que entonces estaba en sus momentos de apogeo, bajo la prefectura espiritual del Padre Francisco Juberías y de su auxiliar el Padre Santiago García, “El Leoncito”. Además de los juegos de fútbol contra los Agustinos y los de básquetbol contra los Jesuitas, Lako fue uno de los promotores del Atletismo en el Teologado de Salamanca, para el que se compraron todos los implementos de lanzamiento y se hicieron las respectivas pistas a un lado del campo de fútbol. Se estaba celebrando entonces el Concilio Vaticano II, y el grupo de profesores tan preparados que daban clases en aquel Colegio hacían ver a los alumnos los alcances de las reformas. Lako, con un intelecto tan permeable, las asimiló en todo su alcance, de manera que en los últimos años de su carrera perfiló una orientación teológica sólida y abierta, comprometiéndose con los temas de renovación conciliar. Fue de este modo como recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1967 en la misma ciudad de Salamanca. Su promedio escolar y sus antecedentes lo recomendaban para una especialización, de modo que fue enviado a Roma a estudiar Pedagogía, en los tiempos en los que se preparaba el Capítulo General de Renovación. Ya desde Salamanca habíamos vivido los conflictos con que la Congregación viviera el imperativo conciliar que apremiaba a los institutos religiosos volver a las fuentes fundacionales y revivir el propio Carisma, un tanto olvidado por los formalismos de entonces. Los jóvenes vivimos esos momentos como un Kayrós del Señor y también como catarsis, pues ya entendíamos su significado. El 6 de agosto de 1967 Lako comenzaba su especialización, que lamentablemente habría de interrumpir mes y medio después, al ser llamado a México para ejercer como profesor de teología en Santa Cruz, Zinacantepec. Se pretendía echar a andar en México nuestro propio Teologado. En agosto de 1969 fue nombrado prefecto de filósofos; pero apenas el 15 de julio de 1970 lo vemos ya como consultor de la parroquia de Guadalupe de Torreón.
Quienes nos formamos durante aquellos años recibimos un fuerte impulso misionero, pues fue este el redescubrimiento entonces reciente de nuestra identidad congregacional. Mucho debemos a nuestros formadores que nos hayan inculcado ese celo evangelizador. En México, en ese entonces, las misiones populares cobraban un nuevo impulso y se organizaban las primeras Grandes Misiones, con equipos intercongregacionales de numerosos religiosos y religiosas. Lako participó en la Gran Misión de Mazatlán, en un sector cercano a la playa. -¡Cómo olvidar aquella misa de clausura, teniendo una lancha como altar, al atardecer, con las redes de los pescadores como marco!- De aquellas misiones aprendía a integrar pequeñas comunidades cálidas y primarias, abocadas totalmente a la evangelización en los temas medulares de la fe, sin fijarse tanto en los formalismos disciplinares que suelen llevar consigo el riesgo de la rutina. Ese mismo espíritu fue aprovechado para una nueva experiencia. El Capítulo General de 1967 (Decreto sobre Apostolado 44, d), aceptando una propuesta de Pedro Casaldáldiga, proponía una nueva forma de evangelizar: las Comunidades en Campaña Misionera. La Provincia estaba entonces sensible a nuevas experiencias, de modo que aceptó esta iniciativa y la propuso a varias diócesis, habiéndola solicitado tres de ellas. La escogida fue Lázaro Cárdenas, pues se estaba creando la nueva diócesis y se necesitaban organizar nuevas estructuras de evangelización. El 29 de junio de 1972 Lako fue nombrado coordinador del Equipo en Campaña Misionera, junto con los padres José Luis Camarena, Oscar Rodríguez y Rafael (El “Chato”) Ruiz Loreto. Estuvieron casi año y medio en aquel lugar, soportando los calores, poniendo toda su creatividad en servicio de esta misión, que estrenaba en la Congregación esa forma de campaňa misionera.
Desde fines de 1973 ubicamos a Lako en Morelia, primero como superior, luego como ecónomo y finalmente, como encargado de la Pastoral Vocacional, junto con Onofre Toscano. Posiblemente no haya otra tarea más difícil, ingrata y que exija mayor identidad congregacional que la de encargado vocacional. Comenzaba la crisis, y entonces era fácil atribuir la falta de afluencia de candidatos a la ineptitud del encargado. Con todo, se movieron por todo el territorio y los muchachos seguían llegando, tal vez no tantos como se quisiera, ni todos con cualidades vocacionales. Naturalmente, las inquietudes de Lako no se reducían a esta sola actividad. Con su facilidad de contactos, había entrado en relación con Valdemar de Gregori y su movimiento de Creatividad Comunitaria (Cibernética Social), pues por ese entonces estaba tratando de mejorar sus técnicas de formación de comunidades. Naturalmente, después de aquel primer “entrenamiento” vinieron otros más. Se fue consolidando un grupo de amigos: Lako, a quienes conocía tendía a convertirlos en amigos y a sus amigos nunca los dejaba, de modo que aquellos amigos y algunas de las técnicas aprendidas fueron incorporadas por él a su trabajo habitual, si bien no fue un continuador del movimiento.
Los superiores pensaron que Puebla ofrecía posibilidades para un Prenoviciado, y destinaron a Lako a aquella ciudad hacia 1978, participando en la Gran Misión de aquel año. Luego el Prenoviciado se fue a otra parte y el 30 de mayo de 1978, Lako fue nombrado superior y ecónomo, con Gildardo Valencia, Fernando Macedo y un servidor. Fue una comunidad arquetípica: El barrio del Parral, en la zona sur poniente del centro de la ciudad, tenía aún varias casonas antiguas, entonces convertidas en vecindades. Donde originalmente vivía una familia oligárquica, ahora se apiñaban unas 25 o 30 familias del subproletariado urbano, en condiciones muy precarias. Ahora su preocupación era la de formar en las vecindades más populosas, sendas comunidades cristianas que aprendieran a analizar su realidad y a organizarse para solucionar sus problemas comunes. Lako animaba la comunidad central, que hasta su muerte habría de seguir en contacto con él.
En la época en que Lako regresaba de Europa, la Conferencia Episcopal Latinoamericana se estaba proponiendo aplicar a nuestra realidad las conclusiones del Concilio, y el evento organizado para tal fin fue la II CELAM en Medellín, Colombia, en 1968. Allí, las iglesias del subcontinente se propusieron solemnemente la “opción por los pobres”, y de su magisterio se derivaron una importante reflexión teológica –principal aportación latinoamericana a la Iglesia universal-, creativas iniciativas pastorales, toda una espiritualidad y numerosos mártires de la justicia en acompañamiento al pueblo. Sin embargo, algunos sectores eclesiales pensaron que se había ido demasiado lejos y pretendían frenar el movimiento. Diez años después, se organizaba otra Conferencia General (III CELAM), habiéndose elegido como sede la ciudad de Puebla. Se pospuso para el año siguiente debido a la muerte de dos Papas –Pablo VI y Juan Pablo I-, y en ese tiempo, todo el Continente estuvo en vilo, en un intenso debate que llegó a la opinión pública internacional. Se trataba de excluir de la Conferencia al grupo partidario de la profundización de Medellín; pero se sabía que de algún modo el grupo se haría presente. En México, quien los representaba, reunido en torno al obispo D. Sergio Méndez Arceo, buscó a alguien que estuviera en Puebla para encomendar la preparación de la infraestructura, y se fijaron en nosotros, los Claretianos de El Parral. Nos entregamos con todo entusiasmo a la encomienda, y podemos decir con orgullo que contribuimos con nuestro granito de arena al documento “Puebla 79”, en el que se reconoce que en la Iglesia nadie puede ser excluido, sino que todos podemos aportar “en comunión y participación”, y en el que se reafirmaba la “opción preferencial por los pobres”. Hay anécdotas que dan cuenta de cómo Lako, de pronto, fue del conocimiento internacional. La vivencia de esta Conferencia caló profundo en la espiritualidad de Lako, quedándole desde entonces en claro que no es posible una evangelización sin pasar a través de los pobres, en solidaridad con todos los discriminados y sufrientes.
Dos años más tarde los de la Comunidad de El Parral nos tuvimos que separar. Lako fue enviado a la Vicaría Fija de María Reina, en Tlalpan. Por aquellos años, la Colonia Hidalgo estaba sufriendo las consecuencias de una política urbana negativa para los colonos. Ellos habían ido acomodándose penosamente a las dificultades agrestes de aquellos pedregosos terrenos de las inmediaciones del Xitle, hasta entonces una zona urbano ejidal, sin saber que la urbanización destinaba la zona a ser residencial, para lo cual se proyectaban grandes obras de infraestructura vial, que implicaría, previsiblemente, la expulsión de los habitantes de entonces. Cuando Lako llegó a la Vicaría, en toda aquella franja urbana se había gestado un movimiento de resistencia que se oponía a la regularización de predios en condiciones sospechosas, recibiendo apoyo de varios párrocos aledaños. Los fraccionadores presionaban a las autoridades religiosas y éstas a nuestros Superiores. Le tocó a él la entrega precipitada y sin preparación de la Vicaría, que en esas condiciones no pudo sino ser mal comprendida. En ese contexto se dio la crisis del Teologado. La Provincia se encontraba molesta y hubo varias deserciones. Recuerdo que durante la Profesión Perpetua de un estudiante, en las que solemos renovar ritualmente nuestra Profesión, Lako me comentó “Hoy acabo de hacer en verdad mi profesión perpetua.” Lako siempre fue un claretiano cabal, totalmente impregnado del Carisma, amó mucho a la Congregación y siempre se preocupaba por mantener a la Provincia comunicada de sus experiencias; pero se sentía asfixiado por el formalismo. Su fidelidad fue siempre dialogal, y se las ingeniaba, sin mucha dificultad, para estar dónde le gustaba, pues coincidía con esos lugares difíciles, misioneros, a los que muchos no podíamos o no queríamos ir.
El 12 de octubre de 1982, fecha por demás significativa, Lako se integraba a la Misión de Tlacoapa, de la cual un año después se hacía cargo como superior, quedándose en ella durante 12 años seguidos. El equipo - Román Ángel Moreno, José Vargas, Oscar Rodríguez, Marcelino Aydillo y posteriormente, Ricardo Pérez Saavedra (espero no excluir a alguien) logró integrarse en torno a una clara visión pastoral. Pero Lako intuyó que para la adecuada evangelización del lugar había que “hacer con otros lo que sólos -los claretianos- no podían”. Adelantándose a lo que hoy llamamos “misión compartida”, se formó en Tlacoapa un verdadero equipo eclesial, incorporando a laico(a)s y a hermanas de dos congregaciones religiosas: las de la Providencia de Gap y las MEMIS.
El Centro Nacional de Misiones Indígenas (CENAMI) promovía ya entonces la inculturación del Evangelio en estos pueblos, que también en la fe habían sido durante largo tiempo colonizados. Toda una gran cultura había sido reprimida y destruida, y sus miembros, relegados a las llamadas “zonas de refugio”, lo más inhóspito del territorio nacional, a fin de salvaguardar en lo posible, su forma de vida. Era necesario un gran esfuerzo de paciencia, sabiduría y confianza, para que los indígenas pudieran reapropiarse de su fe en ellos mismos y volver a expresarse, recuperando símbolos tal vez un tanto olvidados, pero soterrados en su inconciente colectivo. Era preciso acompañarlos con una buena dosis de sacrificio, para vivir cerca de ellos. Naturalmente, la entrega que estos misioneros hicieron de sí, se vio recompensada por la riqueza que recibieron de aquellos tlapanecos.
Lako fue especialmente receptivo en lo que al amor a la tierra y a la naturaleza ellos le enseñaron. Logró identificarse con ellos plenamente, haciendo acopio de su gran paciencia y amor. Esto le llevó a los programas de desarrollo, pues la caridad, para ser eficaz, supera el asistencialismo, que se reduce meramente en dar limosnas. Lako desarrollista rehusa ver al pobre como simple objeto de beneficencia y lo considera como sujeto digno de su propio desarrollo. Apoyados por los contactos de Austria de Román Ángel, se trató de hacer una comunidad piloto, para que a partir de allí pudiese ampliar el modelo. Las hermanas de Gap habían presionado para abrir una nueva estación misionera en Plan de Gatica, quedando solas una vez que Román se fue a Praga. Entonces Lako se fue a vivir allá. Le dejaron una parcela abandonada, y viendo que el pueblo gastaba mucho en fertilizantes que sólo empobrecían el suelo, rehusó hacerlo, prefiriendo el abono natural, con notables resultados.
Su deseo de identificarse con el pueblo tlapaneca fue más allá de lo que el cuerpo, condicionado por el estilo urbano de vida, permitiera. Quedamos impresionados cuando en un evento provincial apareció Lako, aquel atleta, ahora esquelético por la amibiasis. El Gobierno Provincial tuvo que encontrar otra forma de encausar su celo misionero, y en diálogo fraterno lo nombraron Procurador de Misiones Claretianas, el 25 de junio de 1993, de esta manera, Lako pudo continuar dedicándose a los indígenas de otra forma. Ahora como Mago de las Redes de Apoyo, aprovechó su facilidad para las relaciones y sus múltiples amistades, logrando vincular la cooperativa de jamaiqueros de Plan de Gatica con una red de consumidores a nivel nacional, en torno a nuestras comunidades, al punto que pronto la demanda superó la oferta. Parte de las ganancias obtenidas al evitar los intermediarios, se reinvertían en proyectos comunitarios de desarrollo. Lako lograba despertar entusiasmo en estos grupos, que ejercían su colaboración al comercio alterno y solidario con un auténtico celo misionero, pues no de otra cosa se trataba. Más tarde se añadiría la motivación ecológica: la producción de la jamaica había de ser un proceso totalmente orgánico, debidamente certificado, para que pudiese incluso exportarse. Lako sabía que algunos jamaiqueros –especialmente viudas- tenían dificultades para recoger la flor, pues si llovía podía perderse, y pensó en organizar un voluntariado. Procurando cierta preparación, jóvenes iban en sus vacaciones a la montaña, a colaborar con los indígenas más necesitados; pero también dispuestos a recibir a cambio, una experiencia enriquecedora de aquella cultura. El intercambio cultural tenía sus riesgos, pues implicaba ciertas actitudes de ambas partes, que no siempre era posible cuidar, y esto significó ciertos tensionamientos con el equipo misionero; pero en conjunto, valía la pena.
La vinculación con Tlacoapa se mantuvo, y en 1998 regresó nuevamente, ahora como ecónomo. Siendo Procurador había advertido que la finca de San Rafael, en Morelos, no estaba suficientemente aprovechada. El amor a la tierra le empujaba a considerar la posibilidad, aprovechando sus contactos, de una nueva experiencia desarrollista piloto, convirtiendo aquel predio desaprovechado en una finca dónde probar nuevos cultivos y nuevas técnicas alternativas. Con negociaciones y concesiones nada fáciles, obtuvo los permisos suficientes para intentarlo, conciente de la dificultad que esto implicaba.
Para entonces, se hablaba de una posible fundación interprovincial en Ciudad Juárez, Chihuahua, y quién mejor, en esas circunstancias, que Lako. El 11 de febrero del 2000, siendo aún incardinado a Tlacoapa se le dio la encomienda de sondear las posibilidades, y el 16 de julio de 2001 se echó a andar la experiencia, siendo nombrado Superior de la misma. Se requería de una persona abierta, capaz de convivir con personal de otras dos Provincias hermanas de otra lengua y cultura, y a la vez, de gran capacidad de trabajo, para atender poblaciones nuevas de emigrantes del interior, que llegaban en oleadas a instalarse, creyendo hacerlo provisionalmente, con expectativas de pasar al otro lado, para terminar quedándose en esa ciudad más establemente. Lako tuvo que ampliar sus perspectivas: ahora fueron las mujeres asesinadas de aquella ciudad, las maquilas, los emigrantes, el tráfico de droga y de personas… es la problemática de las ciudades de la frontera. Lako fue testigo de las penalidades que pasaban los “mojados” al cruzar el Río Bravo, para adentrarse por aquellos desiertos ardientes, con riesgo a perecer por la sed, o ser cazados por los granjeros sureños para ser devueltos. El drama de tantísimas personas que llegaban a aquella ciudad, sin bienes, sin conocidos, sin esperanzas… Lako se dispuso a construir comunidad en aquellas condiciones, involucrándose en la problemática, cosa que asustara a algún pequeño grupo de feligreses que no comprendían que la fe tuviese esa dimensión profética.
El siguiente trienio vemos a Lako reforzando el cañón de Jimulco, desde el 16 de julio de 2004, formando equipo con los PP. Oscar Rodríguez, superior, y Miguel Angel Portugal, vicario. No le costó mucho tiempo en darse cuenta de la nueva realidad: pueblos dormitorio, pueblos sin nombre, pueblos sin sueños y sin esperanza… Bastaría encontrar pequeñas formas para mejorar su economía y maneras de organizarse. Estaba buscando esto cuando comenzó el Vía Crucis de la enfermedad. La Primera Caída tuvo lugar durante su participación en La Fragua 14. Se realizaría entre septiembre y diciembre de 2004; pero en noviembre sufrió el desprendimiento de retina, por lo que tuvo que regresar y operarse de urgencia en León , el 26 de dicho mes, a pesar de lo cual perdió parcialmente la vista (desde chico tuvo miopía muy alta). Lako sufrió esta pérdida con paciencia. Estas mayores limitaciones eran compensadas con su mayor experiencia. Fue nombrado Superior y Párroco el 8 de diciembre de 2005; pero el 24 de febrero de este año descubrió el tumor maligno que lo llevaría a la muerte. Con serenidad aceptó la situación. Quiso ser congruente con sus principios naturistas. Estaba convencido de que la tecnología moderna ocasiona mayores males de los que se ufana en remediar, y creyó que una vida más natural, como le habían enseñado los indígenas, podía ser el camino de la humanidad. Obviamente no se trata de ignorar lo que la ciencia aporta, y hay que tratar de combinar ambos saberes con prudencia. Lamentablemente, la enfermedad estaba ya demasiado avanzada. Sus últimos días recibió todo el afecto que había sembrado. Sus múltiples amigos lo visitaron y él desplegó lo más decantado de su sabiduría, con una aceptación admirable. Ofrecía a quienes lo visitaban, como siempre lo hacía, reflexiones contemplativas sobre su rica vida entregada a los pobres, pues Lako fue siempre un contemplativo en la acción.
¡Descansa en Paz, misionero ejemplar y amigo entrañable!